Cuando el ritmo
de creación de artículos desciende, porque la gente decente se marcha de
vacaciones dejando sus casas abandonadas, es cuando el reverzote plantillero se muestra en
todo su ominoso esplendor.
Primero se oye un ruido entre las basuras, luego
se ven sus ojos brillando en la oscuridad. Ahí están, revolviendo en los cubos
de desperdicios de cineastas,
literatos, historiadores, consejeros de Estado y hasta Presidentes de Gobierno, cartas de restaurantes, programas de conciertos, radio, televisión y películas de estreno, guías de viaje y facultades centenarias. Cualquier cacho de artículo
les vale para hincar el diente.
Babean de poder y de furia, peleándose entre ellos
y hasta con BOTs para rapiñar las ediciones de mantenimiento que les permitan
ser biblio algún día, mientras el rojo sangre de sus plantillas favoritas
resbala de sus torpes pezuñas.
Mas allá de su continua destrucción de contenido
enciclopédico, agravada por sus descuidos y prisas, cuando no por sus
deficiencias ortográficas y cognitivas, hay en sus ojos inexpresivos un rasgo
que los delata. Ven, pero no miran, sin encontrar a un semejante entre los editores. Tratémosles como a los vándalos que siempre han sido ¡Y cuidaos, editores, del reverzote que aulla en la noche!